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Hace poco me reencontré con un género que tenía más bien olvidado: el anime. Diversas razones me habían llevado a dejarlo de lado, la estandarización, por ejemplo, el desgano frente a una repetitiva obsesión de los japoneses por la adolescencia. Aunque sin salirse de este último parámetro, estuve viendo una serie bastante simpática que se llama Death Note. La propuesta inicial (y magistralmente introducida en un primer capítulo de 20 minutos) es bastante interesante: un estudiante modelo encuentra un cuaderno que le permite llevar a la muerte a quien quiera, del modo que lo desee (dentro de ciertas reglas escritas y ciertos límites difusos). Simplemente conociendo su rostro y escribiendo su nombre. Motivado, el muchacho se propone obrar la justicia a pesar del derecho y matar a cuanto delincuente le parezca conveniente.

Entre todas las cosas por decir (y agregar), elijo una: desde el comienzo sorprende el modo en que se concibe aquel mundo justo y perfecto en donde Yagami Raito (el nombre del personaje, nombre que puede ser trasliterado por Light) se auto-coronará su Dios (igualmente, creo que Kami-sama no tiene la fuerte connotación monoteísta occidental). Lo que más me llamó la atención fue, entonces, la forma en que aquello-que-nos-falta o aquello-que-está-mal-en-el-mundo es obturado completamente por la figura del delito. Que se entienda: no quiero decir con esto que la serie sea simplista porque, de hecho, es bastante buena. Quizá quiera decir lo contrario y Death note sea, justamente por eso, genial. Ciertos discursos que nos vienen de Oriente parecen estar captando mucho mejor algunas de las transformaciones del mundo contemporáneo (ya intentaré seguir hablando de esto).  Que yo sepa, ni al más lúcido de los analíticos especializados en filosofía política se le ocurrió un experimento mental que le llegue a los talones. Si bien la pregunta por la seguridad nos es familiar (y basta recordar la ecuación hobbesiana de libertad por seguridad) probablemente la forma en que debamos enfrentar y combatir a esta Gorgona requiera de nuevas armas. Si no, sólo el crimen, en las formas más comunes y conocidas por todos, nos separará del paraíso.

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El arte popular —tan espectral como este nombre resulte— y las formas de vida como instrumento de estetización de las prácticas cotidianas siempre formaron una esquina frecuentada por aquellos cuyos caminos terminaban por reunir estética y política. Si bien en este cruce no hay novedad formal, es siempre interesante ver en dónde se producen estos cruces, en qué barrios de la teoría se cortan esas calles y qué transeúntes la ocupan o la reivindican como propias, instaurados en patrones de la vereda. O incluso, en nombre de quién lo hacen.

En la escena académica internacional, el nombre de Richard Shusterman cada vez suena más fuerte a la hora de discutir cuestiones acerca del arte popular. Nacido en el seno de una familia Amish de Pennsylvania, este universitario de pedigree cosmopolita (BA en filosofía y en lengua inglesa en la Universidad de Jerusalem, DPhil en el St. John’s College de la Universidad de Oxford) obtuvo su tenure en el Departamento de Filosofía de la Universidad de Temple en 1988, en donde ejerció la docencia hasta 2004, cuando fue nombrado Dorothy F. Schmidt Eminent Scholar in the Humanities en la Universidad Florida Atlantic. Su obra –constituida principalmente por volumenes de selección de papers, formato que se afianza como la especie predadora universal en la jungla de la publicación universitaria del futuro-presente– abreva del estanque, de creciente popularidad en la academia, en el que confluyen el pragmatismo, último Wittgenstein, último Foucault y una lectura de la fenomenología que permita aliar a las neurodisciplinas con las terapias corporales (no es ocioso recordar aquí que Shusterman es terapeuta certificado del método Feldenkrais), las culturas populares  y otras experiencias somático-trascendentales, mesa esta última presidida desde la cabecera por la filosofía china y el zen.

Recibido con visible interés por el público francés (sus libros están siendo traducidos y publicados in extenso y además participa en conspicuos foros académicos, como el Collège de France, donde cual disertó como lector de Merleau-Ponty en septiembre del año pasado, en ocasión del centenario del nacimiento del filósofo y catédratico de esa casa de estudios parisina), la revista Mouvements, publicación cuasi-académica de importancia en el campo de la intelligentsia de izquierda francesa, le consagra un lugar protagónico en su último número dedicado a las culturas populares, bajo el inquietante subtítulo Populisme et émancipation sociale. Por protagónico, se quiere decir lo siguiente: en una revista constituida por 19 artículos, encontramos un artículo de Shusterman, una entrevista con él y una reseña de lectura de su último libro publicado en Francia.

Más allá de la pertinencia de la propuesta teórica de Shusterman –análisis para el que no hay ni el tiempo ni el espacio en esta intervención–, es interesante observar los signos a través de los cuales se manifiesta su establecimiento en el campo de la discusión académica e intelectual, como por ejemplo, la entrevista que sigue a continuación. Una vez más: la filosofía que formula Shusterman merece un análisis más detenido (análisis cuya pregunta rectora parecería deber ser ¿de qué la somaestética es el nombre?) y una entrevista nunca es el espacio de enunciación más profundo ni detallado. No obstante, el interés de esta entrevista –y acaso de la entrevista como género– es el tipo de discurso que puede articularse en ella. En este caso, lo interesante –lo alarmante, si se permite un desliz valorativo– es percatarse del tipo de cosas que Shusterman, autor de creciente importancia en la discusión universitaria internacional en el dominio de la filosofía del arte, puede decir en el marco de una entrevista en una publicación de izquierda. En la espesa onda de la discursividad que construye la entrevista, ésa es la frecuencia en la que el mensaje de Shusterman, filósofo que gusta infatigablemente de asirse de la función comunicativa de los lenguajes, vibra con mayor estridencia.

Estética pragmatista y consciencia del cuerpo
Entrevista con Richard Shusterman, por Guillaume Garreta y Patricia Osganian
(Revista
Mouvements (des idées et des luttes), enero-marzo 2009)

Mouvements: Pragmatist Aesthetics fue una etapa importante en la perspectiva de la legitimación estética del arte popular, en especial del hip-hop, del rap, de la escarificación, del tatuaje. ¿Considera que, a partir de los años 80, estos movimientos han alcanzado esa legitimidad estética que usted fue uno de los primeros en defender?

Richard Shusterman: Por empezar, me gustaría señalar que Pragmatist Aesthetics estaba centrado en la cultura hip-hop: rap, tags, breakdance, etc.; y menos en el rock y la televisión. No traté la cuestión de la escarificación y del tatuaje, incluso cuando el trabajo estaba comprendido en el dominio de la somaestética, sobre la cual ya había comenzado a interrogarme aunque, por entonces, sin formularla claramente. Sin embargo, en los 90, dediqué un ensayo bastante extenso al estudio de los valores estéticos de la música country. Lamentablemente, este texto todavía está inédito en francés, pero está publicado en Performing live. No soy un verdadero aficionado de la musica country –ciertamente, el género más despreciado por los intelectuales norteamericanos y, supongo, europeos también–, pero Pierre Bourdieu había criticado mi elección del rap como ejemplo del arte popular, en la medida que el rap siempre estuvo más asociado al sentimiento radical de resistencia de las vanguardias estéticas. Entonces, mi intención fue mostrar el funcionamiento estético del género más popular de la música –y popular en el sentido más chovinista de la expresión american people.
Con respecto a la legitimidad estética del rap, yo diría que hay distintos niveles de reconocimiento estético. Al comienzo, el rap no había conquistado ningún espacio en los premios Grammy, ni siquiera un reconocimiento como género musical legítimo. Actualmente, el rap se lleva muchos premios. En los últimos Grammy, hubo dos para «mejor performance solista de rap», «mejor performance para duo o grupo de rap», mejor colaboración entre rap y cantante, «mejor canción rap» y «mejor album rap». El rap alcanzó igualmente el reconocimiento estético del campo intelectual. Numerosos libros y artículos analizan la poética, las técnicas musicales y las complejidades semánticas del rap, ya no únicamente sus significaciones sociales y políticas. Actualmente hay investigadores jóvenes que están formados en esta estética y que la conocen mucho mejor que yo. Estoy satisfecho de dejarles esa línea de investigación, porque ellos está mucho más cerca de ese medio de lo que yo lo estaba a finales de los 80 y principios de los 90, en la época en la que escribía regularmente en un fanzine de rap bajo el pseudónimo de Rich Frosted. Hemos hecho un gran avance desde aquella época en la que fui tildado de delincuente salvaje por mi interés por esa cultura.

Mouvements: En su opinión, ¿esa legitimidad es puramente estética o su existencia es tributaria de la fuerza social y política de esos movimientos? Luego de su emergencia en los 80, en la fase de afirmación socio-política de la cultura hip-hop, ¿la atenuación crítica que la ha sucedido es signo de madurez o, al contrario, de una normalización a la vez institucional y comercial?

Shusterman: Yo desconfío mucho tanto de la noción de pureza estética como de la de legitimidad puramente estética. Nuestros valores estéticos, como cualquier valor, están influenciados por nuestros intereses, nuestros hábitos y nuestras condiciones de percepción, y dependen de nuestra forma de vida, que a su vez, reposan en fundamentos sociales, políticos y culturales. No se trata aquí de una reducción de los juicios estéticos a las reglas y a las instituciones sociales. Hay criterios, justificaciones y principios de legitimación de la crítica estética que son diferentes de las justificaciones sociopolíticas normales y yo hago uso de ellas en mi tratamiento de las artes populares.  Sin embargo, hay que reconocer también que las significaciones sociales y políticas de las obras y de los movimientos artísticos son importantes en su significación y atractivo estético. Esto para mí siempre fue muy visible para el caso del rap. Yo estaba muy atraído por el modo en que fuerzas socio-políticas se materializaron en formas de expresión que, más allá de la simple cuestión del reconocimiento estético, se negaban a ocultar sus alusiones sociales y políticas, poniendo de relevancia que, finalmente, el reconocimiento estético era igualmente una verdadera cuestión política. Esta energía (o pulsión) política alimentaba la intensidad de la experiencia estética de las canciones rap. En Pragmatist Aesthetics, explico estas cuestiones a través de varios ejemplos.
No conozco bien el campo actual del rap francés, pero en los Estados Unidos, la energía política del rap se desvió hacia el gangsterismo y el comercialismo. En mi opinión, el caso de Ice-T es ejemplar. Ya era una figura estelar como MC en Los Angeles en el momento en el que su disco Ice-T: Original Gangster (1991) estableció al gangsta rap como el género de rap más fuerte no sólo en el plano mediático y comercial, sino también culturalmente. Una de las razones más importantes del enorme éxito mediático del gangsta rap es la gran cantidad de gente conservadora que hay en los medios y  en la política, que quisieron reforzar la imagen criminal del rap y estigmatizar su público de origen: la juventud de los ghettos negros. El itinerario personal de Ice-T, artista de rap rebelde y autor de una canción dura y controvertida como «Cop killer» devenido actor mainstream, encarnando a un cana neoyorquino en una serie televisiva de moda (Law and Order: Criminal Intent), es quizás un signo de la normalización institucional y comercial del rap. Yo estaba mucho más interesado en la escena del rap antes de estas transformaciones.

Mouvements: Sin embargo, ¿esta normalización no encuentra resistencia en los valores propios de estas culturas, como por ejemplo en el hip-hop o en la rave, pero también en procedimientos como el tatuaje y la escarificación? En esos casos, la puesta en escena del cuerpo parece ser el pivote de un conjunto de nuevos rituales colectivos que tanto rompen con la cultura intelectual como con el cuerpo publicitario producto del body-building. Por ejemplo, uno de los slammers franceses más famosos se llama Grand Corps Malade (Gran Cuerpo Enfermo).

Shusterman: Están en lo cierto, existe en las culturas que ustedes mencionan un espíritu de base que se opone a las normas del mainstream. Esa es una de las razones por las insisto sobre el término «arte popular» y no «arte de masas», que parece estar definido por su voluntad de agradar al público más amplio posible valiéndose de los valores sociales más comunes y los estereotipos más extendidos. La puesta en escena del cuerpo y, sobre todo, su puesta en movimiento fue muy importante desde el comienzo para la cultura hip-hop. Pero la concepción del cuerpo y del género –por lo menos en los clips de rap en los Estados Unidos– está bastante normalizada, con frecuencia misógina, machista y homofóbica. Ustedes mencionan a Grand Corps Malade. No lo conozco, no sé en qué medida puede estar identificado como MC en el campo del rap francés. Según lo que escuché, adoptó ese nombre artístico por una lesión grave en la columna vertebral y que recuperó el uso de sus piernas después de un año de rehabilitación. En mi opinión, su caso es ejemplar no sólo desde el punto de vista del arte popular, sino también por su valor somaestético. No es casual que, en marzo del 2008, Philosophie Magazine haya titulado «Gran Cuerpo Vivo» la discusión suscitada alrededor de mi libro  Body Consciousness: A Philosophy of Mindfulness and Somaesthetics.

Mouvements: Usted se ha referido al rap como una forma de «vida filosófica». ¿Esto presupone la inserción de las formas de vida al dominio de las formas artísticas de expresión? Si así fuera, ¿se trata de una especificidad de estos movimientos o se trata más bien de una forma de conexión más explícita entre las producciones culturales y las formas de existencias que se encuentran en cada toda cultura? ¿No existe, por otro lado, el riesgo de un mimetismo y de un formateo excesivo de estas culturas ligado a las condiciones mismas de su transmisión?

Shusterman: No me parece que sea un rasgo específico de estos movimientos. La inserción de los modos de vida en la expresión artística está actualmente muy extendida. Se lo constata en la música country, pero también en el arte contemporáneo en el que una parte importante del trabajo artístico está explícitamente y estrechamente ligada al modo de vida del artista. Desde el punto de vista de una estética pragmatista, es evidente que siempre existen conexiones –a veces complejas, ocultas o negadas– entre expresión artística y formas de vida. El arte nunca es producido en el vacío o en un «mundo del arte» enteramente exterior al mundo real y vivido.
En cuanto al formateo excesivo, no hay ni arte ni vida sin riesgos. En los géneros artísticos no populares, también existen códigos (reproductibles), y con frecuencia bastante estrictos. Los códigos son parte integrante de la función comunicativa del arte, sin la cual no habría sentido. Los géneros de producción intelectual científica están igualmente estructurados por códigos. La creatividad reside tanto en la interpretación y uso de esos códigos como en la ruptura con algunos de ellos. Pero, como lo sugiere Wittgenstein, ciertas rupturas con reglas artísticas específicas puede ser interpretadas como un signo de continuidad con otras reglas más generales.

Mouvements: ¿La evolución de su trabajo en la dirección de la idea de una consciencia del cuerpo como construcción de sí marca una ruptura con el análisis de estos fenómenos culturales colectivos de dimensión social? ¿Cuáles son las problemáticas sociales y políticas de una somaestética que parece estar orientada por y para el individuo?

Shusterman: Yo no veo ninguna ruptura. Mis análisis de Body Consciousness integran perspectivas esencialmente colectivas y contenidos explícitamente sociales. Mi punto de partida señala que nuestra sociedad está sujeta a una concepción engañosa y nociva del cuerpo: el cuerpo como objeto externo juzgado según criterios de representación estereotipados de belleza. Por medio de esta consciencia corporal, nos hemos vuelto esclavos de la industria de la belleza y de la publicidad. Una dimensión importante de la somaestética es una crítica de sus normas culturales de representación del cuerpo y de las formas de opresión social que éstas engendran. Un capítulo de mi libro trata, a través de una lectura crítica de Simone de Beauvoir, de esta cuestión particularmente en el caso de las mujeres y de las personas de edad.
Nuestra cultura está obsesionada –e incluso literalmente oprimida– por las representaciones externas del cuerpo porque no hemos desarrollado suficientemente la concepción del cuerpo como intencionalidad consciente capaz de conocer y apreciar los placeres sutiles de su experiencia interna. Esto presupone un mejor control de su estado y de sus sensaciones para poder regular los innumerables e intensos estímulos a los que estamos sujetos en un mundo de información incesante y rápida que exige cada vez más atención y más capacidad para funcionar en multitasking. Nuestros problemas de estrés, de insomnio, de déficit de atención no son meros problemas individuales: son males sociales, con un gran costo público. Una mejor consciencia del cuerpo basada en la agudeza y en la experiencia reflexiva puede responder a esos problemas. Igualmente, en mi libro, muestro cómo los males sociales del racismo y de la homofobia están enraizadas en experiencias corporales y cómo un trabajo de consciencia corporal permitiría erradicarlas. Puesto que el discurso racional sobre la tolerancia nunca alcanza a extirpar estas disposiciones nocivas de nuestros sentimientos irreflexivos y, en consecuencia, de nuestro comportamiento efectivo.
No veo entonces ningun dualismo tajante, en torno a la cuestión de la consciencia corporal, entre lo individual y lo social. Desde luego, la consciencia del individuo está moldeada por las estructuras y las experiencias sociales, incluido el lenguaje. No obstante, lo social está animado a su vez por la consciencia y los esfuerzos de los individuos, sobre todo en la comunicación y la colaboración que establecen entre ellos. Se sabe que el confucionismo es un pensamiento no individualista de lo social. Sin embargo, reconoce que el primer paso para gobernar el imperio y gobernar su familia, es el gobierno de sí mismo. Reconocer el valor del trabajo personal del sujeto consciente no implica la negación del valor del trabajo de análisis social y del compromiso colectivo. Hay que trabajar en los dos sentidos que, cuando se los comprende bien, son complementarios. Adopto la misma posición frente a otro dualismo meteorológico bien establecido, que opone los procedimientos bottom-up y los top-down. La pertinencia de los avances en neurociencia y en psicología evolucionista acerca de nuestro comportamiento no vuelve obsoletas a las ciencias humanas y sociales. El carácter específico de nuestra experiencia inmediata está igualmente determinado por las estructuras culturales perceptivas y pragmáticas con las que estamos comprometidos que la actividad neuronal de nuestros cerebros. Por otra parte, incluso los esquemas y los trayectos neuronales son susceptibles de ser modificados por las intervenciones de la cultura. Las investigaciones recientes sobre la psicología y neurología de la mediación lo prueban de un modo sorprendente.
Esta apertura a una pluralidad de métodos forma parte de la orientación pluralista del pragmatismo que, desde Pragmatist Aesthetics, guió siempre mis investigaciones. Se podría describir esta orientación mediante el modelo lógico de la disyunción inclusiva: en lógica proposicional («p ∨ q»), el «o» inclusivo significa –como ocurre frecuentemente en la vida cotidiana– que se puede elegir más de una de las ramas de la alternativa: por ejemplo, vino ( p ), agua ( q ), ambos. O, para tomar un ejemplo de Pragmatist Aesthetics, se puede elegir la poesía modernista de T.S. Eliot y el rap. Desde luego, existen en la vida situaciones de elección exclusiva en las que sólo una posibilidad está disponible. Pero la orientación pluralista del pragmatismo nos anima a buscar los medios de combinar o reconciliar los valores y los métodos diferentes mientras que no dispongamos de razones convincentes para concluir que son verdaderamente incompatibles o mutuamente excluyentes. Esta orientación me parece la mejor manera de maximizar los bienes y los conocimientos múltiples de la vida.


Trad. Bruno Ampel

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Puede que haya mucho y/o nada para decir respecto de Cumbio y los floggers (aunque no deje de ser interesante que se haga llamar así, conjurando al mismo tiempo las temáticas que la rodean: el género, la diferencia).

Sin embargo, lo que me llama verdaderamente la atención es el odio indescriptible que generan. Un odio que supera, con mucho, al que reciben cotidianamente cualquier otra persona o grupo de personas con relativa visibilidad pública. Es que, justamente, se trata de eso, de la visibilidad. Jamás había visto comments en la web con injurias tan furibundas y arrolladoras en número (que, sabemos, tienen como correlato cristalizaciones literalmente más duras que unos cuantos caracteres). Algunos se detienen en la superficie: apuntan a Cumbio como un mero exponente de la juventud descarriada. Sus comentarios suelen oscilan entre un diagnóstico pesimista de la sociedad y propuestas tales como la vuelta del afamado servicio militar. Pero otros van hacia el núcleo del asunto: cuestionan la legitimidad de su fama, preguntan qué es o qué ha hecho para merecerla. Y desesperan ante la imposibilidad de encontrarlo: algo que distinga a Cumbio (o de modo más radical, a cualquier flogger) del resto de los mortales: plata, algún talento, tetas.
Hay algo que irrita. Seguramente, haya alguna etimología positiva de este verbo que nos permita preguntar: ¿qué se esconde allí? ¿algo que valga la pena pensar? ¿la sociedad del espectáculo? ¿la singularidad de la existencia? ¿el sentido del ser, tal vez?

nadienadanunca24

“Cuando las manos chocan, por fin, una contra la otra, resonando, el bañero se da vuelta y comienza a bajar hacia la playa, el Gato alza la cabeza, mirando hacia el portón, el segundo trago de café se empasta contra el primero en la garganta de Elisa, el bayo amarillo comienza a sacudir la cabeza bajo el chaparrón, y el lapso incalculable, tan ancho como largo es el tiempo entero, que hubiese parecido querer, a su manera, persistir, se hunde, al mismo tiempo, paradójico, en el pasado y en el futuro, y naufraga, como el resto, o arrastrándolo consigo, inenarrable, en la nada universal”.

Eso, que qué bueno que está Nadie nada nunca, que qué bueno haber prestado un libro, te lo devuelvan y no puedas resistirte a releerlo un poco mientras volvés en el colectivo.

Es sábado a la noche, y al igual que el fin de semana pasado, no tengo ningún plan. Tengo novio, pero no salimos. Tengo amigas, pero casi todas tienen novios, con los que sí salen. Pero también tengo algunas que, como yo, están algunos sábados tomando jugo de naranja y avanzando con alguna lectura que no sea para la facultad (o que sí sea, en este punto ya poco importa).

Abandono las páginas de El imperio de los signos, y hablo con Laila. Acabamos de acordar la primera de nuestras expediciones semanales a la cartelera teatral porteña, en busca de algún refugio contra el tedio.

Primera salida.

Sábados, 23.30 horas, Camarín de las Musas. Alejandro Tantanian, reconocido director y dramaturgo local, pone en escena Los sensuales, un melodrama exquisito. Siguiendo el camino de algunas de sus obras anteriores, como Los mansos o Y nada más, logra (hacernos) comprender el dramatismo de la historia (inspirada en este caso en Los hermanos Karamazov) sin por ello elevarla a un podio de solemnidad, del cual jamás hubiésemos podido hacerla bajar. El relato, así, se construye fragmentariamente, combinando escenas empáticamente conmovedoras, con coreografías o canciones enteras al piano. (Cabe destacar el trabajo de Pablo Rottemberg, que cumple el triple papel de actor-coreógrafo-músico en vivo). Tras dos horas de función, el espectáculo teatral resulta inquietante. Nos vamos distintas: la obra ha cumplido, con creces, su cometido.

Segunda salida.

Sábados, 23 horas, El portón de Sánchez. El grupo Clun continúa con su espectáculo Ilusos, bajo la dirección de Marcelo Katz. La compañía demuestra en esta obra la clara influencia de la técnica del clown, no sólo en sus actuaciones, sino también en el proceso creativo de la obra misma. Desde la penumbra del escenario, cuando los espectadores estamos recién acomodándonos, la escenografía a mí se me figuró como un espacio lunar. El piso parecía rugoso, y hasta había irregularidades, suerte de “colinas”. Finalmente no estuve tan errada. Eran papeles de colores, que formaban distintos espacios, con sus respectivas elevaciones y mesetas; y en el centro de la escena, tiras de papel blanco que simulaban nubes, espuma de mar, crema chantilly, o lo que la escena requiriera. Cinco personajes de pocas palabras se animaron a mostrar sus más íntimas ilusiones o desilusiones, en breves intervenciones que apostaban principalmente al impacto visual.

Muchas de estas pequeñas escenas lograban alternadamente risas, exclamaciones o suspiros en el bondadoso público de la función de ayer. Si bien algunas eran efectivamente muy graciosas o conmovedoras, otras se quedaban a mi entender a mitad de camino entre el efectismo del clown y la vaguedad de la improvisación, que parece legitimarlo todo. El resultado es, creo, una obra irregular, como la superficie del planeta imaginario en el que estos cinco seres habitan.

Próximamente, más crónicas de sábado por la noche.

En la primera entrega de esta seccion, dedicada a traducciones, presentamos este texto de Régis Jauffret, que compone el masivo y monstruoso volumen de mil paginas titulado Microficciones (Premio del libro France Culture-Télérama 2007).

Bosque de los Angeles

—Ella se fue esta mañana.
Sus padres la llevaron como si fuera un equipaje puesto en el asiento trasero. No la quieren. No la saben hacer feliz. La educan, si; pero la educacion no hace a la felicidad. De regreso, la llevaron a Carrefour a comprar una mochila y utiles. En una semana, la depositaran en la puerta de la escuela donde estara encarcelada siete horas por dia hasta finales de junio. Comera en horarios fijos, tendra una alimentacion sana y equilibrada, como si fuera un perro del que se quiere conservar su pelaje brilloso y su morro humedo. Cuando termine de aprender sus lecciones, la acostaran sin una caricia, y la levantaran a las siete, cuando todavia sea de noche.
—La van a hacer salir afuera, al frio.
Le gritaran para que camine mas rapido, como si fuera uno de esos reincidentes que atravesaban Francia en el siglo XIX para llegar al presidio de Toulon. Si su padre no esta satisfecho con su boletin de calificaciones, la regañara, la castigara, le dara una cachetada, como a una esposa adultera. La obligaran a esquiar en invierno, y cuando se caiga en medio de una pista, el profesor la conminara a levantarse. Ella obedecera, como un boxeador reprendido por su manager despues de un knock-out. Todo un año de tristeza, de dolor en perspectiva, hasta que el año que viene la vuelvan a traer para pasar el verano con nosotros.
—Saltara a mis brazos, y su abuela le habra preparado una torta de merengue.
En su habitacion, habra un ramo de margaritas, que yo mismo habre recolectado, cuidando de cortarlas al raz de las raices para que se conserven toda la semana. La llevare de paseo al Bosque de los Angeles. Con mi navaja, le tallare arcos y flechas para que juegue a los indios. Iremos al pueblo a comprar juguetes al bazar, y bombones en la tienda de Madame Premet, que le dira que esta aun mas linda, mas resplandeciente que el año pasado. De regreso, le prestare mi baston y ella me hara reir imitando mi renguera.
—Por la noche, voy a cortarle la carne, como cuando era todavia bebe.
Cuando vaya a bañarse, dejare flotando en el agua barquitos y patos para escuchar esa risa suya, mas maravillosa aun que los conciertos mas bellos de Mozart. Le narrare una larga historia en la cama, y me acostare a su lado esperando a que se duerma. Dejare su habitacion caminando hacia atras, para poder disfrutar de su rostro en la penumbra. Hacia las tres de la madrugada, cuando mi mujer este profundamente dormida, me levantare sin hacer el menor ruido. Y en la torridez de las noches en las que el Macizo de Maures arde como un fuego de ramas secas, tomare su pequeña mano y acabare sobre la sabana.

Trad. Bruno Ampel

Comentarios en los pasillos de una facultad x

Hace unos días, escuché una reflexión que pretendía, tan sólo recurriendo a ella, abarcar todo el pensamiento hegeliano. A grandes rasgos, se basaba en preguntar retóricamente “¿quién era el verdadero macho?”. Luego de unos segundos de suspenso, debía responderse: “el que probó y volvió”.

En todos los sentidos posibles, gran resumen.

Como mi madre había decidido poner término a su espera y había alquilado Episodio III, me pareció divertida la idea de irme a dormir mirando un poco de esta película. No sólo terminé viéndola completa, sino que repetí algunas partes con el audio de los comentarios de sus creadores. En este caso: George Lucas, el productor y el director de animación. Lo primero que pensé cuando conocí esta modalidad fue a quién se le habría ocurrido semejante tortura. Ya tenemos suficiente con las entrevistas de molde. Sin embargo, no conozco muchas, sólo vi algunas, pero fue suficiente con la primera para cambiar mi opinión: Coppola y El Padrino I…Bueno, basta de disgresiones. Cuando ya era evidente que iba a terminar acostándome tardísimo -esas cosas se presienten en una especie de preconciencia- una pregunta comenzó a surgir en mí: ¿Cómo es posible que una película narrativamente tan mala pueda tener ese “no-sé-qué”, eso indecible que tiene Star Wars en general? Vayamos por partes.

Cuando digo “narrativamente” me refiero, sí, por un lado a la cuestión argumental. Es de terror. Nunca había visto a una película pretender con tanta fuerza “atar cabos” y hacerlo tan mal. Una de las cosas que más me llamó la atención es que la escena más terrible, la que no cierra por ningún lado, fuera descripta por Lucas en el comentario como “esto es lo que siempre tuve en mente, lo que siempre supe, aún antes de que existiera Episodio IV” -la cita es muy aproximada y si puedo la corregiré-. No hay posibilidad de justificar que Obi-Wan prefiera matar a su amigo más querido calcinándolo lentamente con lava en vez de utilizar su afamado sable laser (más honorable, menos doloroso, elijan el argumento que más les guste o que crean se adapte más a lo que propone la película, ninguno hace comprensible su accionar). Pero también me refiero a las actuaciones y esto es una marca registrada del propio Lucas. No hace falta ver los documentales -aunque observar cómo Lucas le da indicaciones al tal Hayden Christensen resulta muy gracioso, una verdadera competencia de aparatos-, para certificar que el bueno de George no tiene grandes habilidades. Un criterio útil es pensar en actores que en otras películas no lo hacen tan mal: el mismo Harrison Ford, Samuel L. Jackson, Natalie Portman, Ewan McGregor (merece un comentario aparte: es increíble cómo logra expresar dentro de la película que es una película, que no le importa y que le parece malísima). Antes de pasar a una sección menos negativa, retengamos el poder discursivo de una frase como “May the Force be with you” y su homónimo -de idéntica potencia- “Que la Fuerza te acompañe”. Retengamos, sobretodo, que ha excedido completamente a la lógica de las escenas particulares donde es proferida (el hecho de la traducción puede servir como prueba) y que, entonces, permanece como un interrogante sobre ese resto que el film genera todo el tiempo, de forma absolutamente inconciente, sobre sí mismo.

¿Qué podemos decir de las cuestiones técnicas de la película? Una reflexión posible es que el criterio de película ha estallado. Los géneros tienen las dos condiciones para ser un mal criterio: demasiado estrictos y demasiado abarcadores al mismo tiempo. No podemos seguir basándonos en cuestiones que se limiten a pequeñas cuestiones técnico-formales (¿sabían que, salvo Woody Allen, las comedias hechas en Hollywood tienen como principio sine qua non, limitar la fotografía al mayor aburrimiento “realista”?) y sobretodo de contenido. La distinción entre indie/comercial no es mucho mejor. Dentro del cine, el criterio alcanza presupuestos ridículos y preocupantes: una película independiente es aquella en la que el director y no la productora, posee el derecho de la edición final. Conclusión: El señor de los anillos y la película aquí discutida, son independientes…Quizás habría que pensar a estas películas a través del problema de la técnica. En este sentido, la preocupación por los efectos especiales supera la mera preocupación “realista” que sea creíble y alcanza una pretensión de generar una especie de innovación. Los primeros ejemplos que se me ocurren son los famosos travelling aéreos de Peter Jackson o el nuevo concepto de viaje espacial en Kubrick (si comparamos películas anteriores y posteriores a Odisea 2001, es increíble el cambio de paradigma).

Bueno, creo que basta por hoy. Queda mucho por decir. No creo que las tres primeras sean “mejores”, tal como reza el fanático. Sí me parece que Lucas había comprendido ciertos géneros muy profundamente cuando aún estaban surgiendo y los había logrado cristalizar de manera que no había que estar inmerso en ese mundo para disfrutarlo, tal como él sí lo estaba. Si estamos distraídos, el género fantástico, el camino del héroe, el cyber-punk (aquí es notorio que ya no está tan actualizado como antes…) pueden parecer casi obras suyas. Esto, a la vez que no habla más que de sus logros (entre ellos, no olvidemos que entendió la conexión entre estos tópicos y el merchandising, la fuente de la mayoría de su fortuna), ata sus manos en cuanto a las novedades que podía introducir estos nuevos episodios (no hay duda que lo mejor de ellas se trata justamente de lo que permanecía como condición de posibilidad inmostrable en las anteriores: el esplendor y la caída de los jedis). Para terminar, sólo espero que esto permita hacer “comentables y reflexionables” no sólo estas películas y el impresionante mundo que se ha generado a partir de ellas, sino también algunos géneros olvidados por la crítica y la teoría. Es increíble que a veces veamos comentarios “filosóficos” sobre películas como Matrix o El Señor de los Anillos por personas que ni saben lo que es un juego de rol o de pc. Hablar de rock sin conocer a los Beatles. El lector notará hasta la falta de sustantivos para nombrar y etiquetar, así como el abuso de deícticos. No es casualidad, entonces, que la investigación haya partido de la pregunta por el “no-sé-qué”. Este post inagura la categoría “Ciberia” y no parece haber otra alternativa que inventar un aparato de lectura que lo aborde. Ese es el objetivo.

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