Es sábado a la noche, y al igual que el fin de semana pasado, no tengo ningún plan. Tengo novio, pero no salimos. Tengo amigas, pero casi todas tienen novios, con los que sí salen. Pero también tengo algunas que, como yo, están algunos sábados tomando jugo de naranja y avanzando con alguna lectura que no sea para la facultad (o que sí sea, en este punto ya poco importa).
Abandono las páginas de El imperio de los signos, y hablo con Laila. Acabamos de acordar la primera de nuestras expediciones semanales a la cartelera teatral porteña, en busca de algún refugio contra el tedio.
Primera salida.
Sábados, 23.30 horas, Camarín de las Musas. Alejandro Tantanian, reconocido director y dramaturgo local, pone en escena Los sensuales, un melodrama exquisito. Siguiendo el camino de algunas de sus obras anteriores, como Los mansos o Y nada más, logra (hacernos) comprender el dramatismo de la historia (inspirada en este caso en Los hermanos Karamazov) sin por ello elevarla a un podio de solemnidad, del cual jamás hubiésemos podido hacerla bajar. El relato, así, se construye fragmentariamente, combinando escenas empáticamente conmovedoras, con coreografías o canciones enteras al piano. (Cabe destacar el trabajo de Pablo Rottemberg, que cumple el triple papel de actor-coreógrafo-músico en vivo). Tras dos horas de función, el espectáculo teatral resulta inquietante. Nos vamos distintas: la obra ha cumplido, con creces, su cometido.
Segunda salida.
Sábados, 23 horas, El portón de Sánchez. El grupo Clun continúa con su espectáculo Ilusos, bajo la dirección de Marcelo Katz. La compañía demuestra en esta obra la clara influencia de la técnica del clown, no sólo en sus actuaciones, sino también en el proceso creativo de la obra misma. Desde la penumbra del escenario, cuando los espectadores estamos recién acomodándonos, la escenografía a mí se me figuró como un espacio lunar. El piso parecía rugoso, y hasta había irregularidades, suerte de “colinas”. Finalmente no estuve tan errada. Eran papeles de colores, que formaban distintos espacios, con sus respectivas elevaciones y mesetas; y en el centro de la escena, tiras de papel blanco que simulaban nubes, espuma de mar, crema chantilly, o lo que la escena requiriera. Cinco personajes de pocas palabras se animaron a mostrar sus más íntimas ilusiones o desilusiones, en breves intervenciones que apostaban principalmente al impacto visual.
Muchas de estas pequeñas escenas lograban alternadamente risas, exclamaciones o suspiros en el bondadoso público de la función de ayer. Si bien algunas eran efectivamente muy graciosas o conmovedoras, otras se quedaban a mi entender a mitad de camino entre el efectismo del clown y la vaguedad de la improvisación, que parece legitimarlo todo. El resultado es, creo, una obra irregular, como la superficie del planeta imaginario en el que estos cinco seres habitan.
Próximamente, más crónicas de sábado por la noche.