Puede que haya mucho y/o nada para decir respecto de Cumbio y los floggers (aunque no deje de ser interesante que se haga llamar así, conjurando al mismo tiempo las temáticas que la rodean: el género, la diferencia).
Sin embargo, lo que me llama verdaderamente la atención es el odio indescriptible que generan. Un odio que supera, con mucho, al que reciben cotidianamente cualquier otra persona o grupo de personas con relativa visibilidad pública. Es que, justamente, se trata de eso, de la visibilidad. Jamás había visto comments en la web con injurias tan furibundas y arrolladoras en número (que, sabemos, tienen como correlato cristalizaciones literalmente más duras que unos cuantos caracteres). Algunos se detienen en la superficie: apuntan a Cumbio como un mero exponente de la juventud descarriada. Sus comentarios suelen oscilan entre un diagnóstico pesimista de la sociedad y propuestas tales como la vuelta del afamado servicio militar. Pero otros van hacia el núcleo del asunto: cuestionan la legitimidad de su fama, preguntan qué es o qué ha hecho para merecerla. Y desesperan ante la imposibilidad de encontrarlo: algo que distinga a Cumbio (o de modo más radical, a cualquier flogger) del resto de los mortales: plata, algún talento, tetas.
Hay algo que irrita. Seguramente, haya alguna etimología positiva de este verbo que nos permita preguntar: ¿qué se esconde allí? ¿algo que valga la pena pensar? ¿la sociedad del espectáculo? ¿la singularidad de la existencia? ¿el sentido del ser, tal vez?
