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Hace poco me reencontré con un género que tenía más bien olvidado: el anime. Diversas razones me habían llevado a dejarlo de lado, la estandarización, por ejemplo, el desgano frente a una repetitiva obsesión de los japoneses por la adolescencia. Aunque sin salirse de este último parámetro, estuve viendo una serie bastante simpática que se llama Death Note. La propuesta inicial (y magistralmente introducida en un primer capítulo de 20 minutos) es bastante interesante: un estudiante modelo encuentra un cuaderno que le permite llevar a la muerte a quien quiera, del modo que lo desee (dentro de ciertas reglas escritas y ciertos límites difusos). Simplemente conociendo su rostro y escribiendo su nombre. Motivado, el muchacho se propone obrar la justicia a pesar del derecho y matar a cuanto delincuente le parezca conveniente.

Entre todas las cosas por decir (y agregar), elijo una: desde el comienzo sorprende el modo en que se concibe aquel mundo justo y perfecto en donde Yagami Raito (el nombre del personaje, nombre que puede ser trasliterado por Light) se auto-coronará su Dios (igualmente, creo que Kami-sama no tiene la fuerte connotación monoteísta occidental). Lo que más me llamó la atención fue, entonces, la forma en que aquello-que-nos-falta o aquello-que-está-mal-en-el-mundo es obturado completamente por la figura del delito. Que se entienda: no quiero decir con esto que la serie sea simplista porque, de hecho, es bastante buena. Quizá quiera decir lo contrario y Death note sea, justamente por eso, genial. Ciertos discursos que nos vienen de Oriente parecen estar captando mucho mejor algunas de las transformaciones del mundo contemporáneo (ya intentaré seguir hablando de esto).  Que yo sepa, ni al más lúcido de los analíticos especializados en filosofía política se le ocurrió un experimento mental que le llegue a los talones. Si bien la pregunta por la seguridad nos es familiar (y basta recordar la ecuación hobbesiana de libertad por seguridad) probablemente la forma en que debamos enfrentar y combatir a esta Gorgona requiera de nuevas armas. Si no, sólo el crimen, en las formas más comunes y conocidas por todos, nos separará del paraíso.

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